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Politica

HOMENAJE A TUTO GONZALES

Homenaje a Tuto Gonzales, “CARLOS AUGUSTO GONZALEZ POSSO”


4 de marzo de 1971


Escrito por Especial
Por: Victoriano Lorenzo
Para El Liberal   
domingo, 27 de marzo de 2011
"Ese 4 de marzo de 1971, cuando dijo lo que dijo y su decir hirió el corazón del déspota, alguien puso su nombre en una bala de fusil: “Carlos Augusto González Posso”.

“Me gustan los estudiantes
Porque son la levadura
del pan que saldrá del horno
con toda su sabrosura,
para la boca del pobre
que come con amargura.
Caramba y zamba la cosa
¡Viva la Literatura!”. (( Violeta Parra.))


Ese jueves 4 de marzo no podía ser distinto a los días, semanas, meses o años que le precedieron y que pudieron iniciarse el 26 de febrero con la muerte en Cali de por lo menos once estudiantes en predios de la Universidad del Valle, o mucho antes, desde mayo del 68 en la lejana París, o tal vez un 1° de enero de 1959 con los barbudos que en Cuba derrotaron una feroz dictadura tropical, o aquel 15 de febrero de 1966 cuando en Patio Cemento (Santander) cae herido de muerte el cura Camilo; sus comienzos podrían encontrarse en ese fatal 8 de octubre de 1967 en Bolivia, cuando acribillan al Guerrillero soñador, al Comandante de los ojos claros y carcajada batiente o, por qué no, a principios febrero de 1971 cuando en predios de las universidades Nacional de Colombia en Bogotá y de Antioquia en Medellín, hubo algo más de otra docena de muertos como resultado de ásperos enfrentamientos con la fuerza pública. Ese día de marzo, el Parque de Caldas en sus cuatro esquinas fue cercado con alambre de púas, cerco idéntico, copia exacta, al que hemos visto en las películas de guerra y varios soldados se apostaban en el suelo con sus ametralladoras apuntando hacia el resto de la ciudad, hacia las palomas y los gorriones que volaban asustados, llevando el escalofrío bajo sus alas. El mal de Alzheimer, o la amnesia, que ronda la casa, no podrá llevarse a su casta y silenciosa morada todo lo allí acontecido.

Desde días antes la Ciudad estaba literalmente sitiada por el ejército y las fuerzas antimotines de la policía. Ambiente tenso, blanco, el miedo agazapado en las alcantarillas; mientras que los estudiantes, sus cabelleras, sus mochilas, libros, beligerancia y valentía, despertaban afectos (y adeptos) entre el resto de la población y a ellos se sumaban profesores, periodistas, intelectuales, artistas, empleados, desempleados, madres y padres de familia; vecinos, comerciantes, hoteleros, estudiantes de bachillerato de casi todos los colegios, amas y amos de casa, algunos clérigos, los hambrientos, los marginados. Se había sumado una multitud, “las masas” que se calentaban bajo el fuego incandescente de la Palabra, nacida del Movimiento Nacional Estudiantil. Ese jueves de marzo, en asamblea realizada en Santo Domingo, Carlos Augusto habló con voz clara y tonos cristalinos, lo hizo en nombre de los estudiantes de bachillerato, con un discurso que tuvo que llevar por escrito por temor a que su cerebro se bloqueara, como le había acontecido en otra no lejana ocasión.

Sus palabras retumbaron en todos los rincones del Centro Histórico y su eco, una vez más se amplió y llegó a la periferia campesina y marginal y se refirieron a la necesidad de tener claros los objetivos a largo plazo de la Revolución Socialista y evitar la trampa del aventurerismo. La asamblea acordó realizar una marcha por toda la ciudad y mientras ésta se desarrollaba la fuerza pública intentaba penetrar al Claustro; pero la resistencia, aunque contaba con relativamente poca gente (no más de 30), fue fuerte y durante un buen tiempo, a punta de caucheras, piedras y madrazos, desde los tejados, se evitó que ingresara. De esta manera se mantuvo por varias horas a prudente distancia a la fuerza pública; finalmente los gases y el bolillo desalojaron a los combatientes y se tomaron la Universidad; algunos lograron salir por alguna puerta, de alguna manera invisible; otros cuantos cayeron presos. Mientras tanto, los enfrentamientos estallaban como encendida pólvora por todas las esquinas y barrios de la ciudad.

Horas después, la intervención del ejército se adueñaba poco a poco de la protesta, esquina por esquina, calle por calle, metro por metro. En las paredes de la Ciudad Blanca iba quedando un enorme manchón de sangre. El número de heridos y detenidos cada minuto era mayor. Piedra, guijarros, bolas de cristal arrojadas a los pies de la caballería, cocteles molotov, bolillo y gases lacrimógenos, sonidos de fusiles que se cargaban y descargaban en pelotón bajo las órdenes de los sargentos (“Suiches”, les llamábamos); gritos, llantos, clamores, disparos, eran la agenda del día.

Ese fatídico 4 de marzo manchó con sangre las paredes de aquel barrio de clase media, que lleva el apellido del prócer independentista Francisco José de Caldas y con ello quedaron también manchadas las paredes de la lúgubre Ciudad Blanca. Ese 4 de marzo de 1971, cuando dijo lo que dijo y su decir hirió el corazón del déspota, alguien puso su nombre en una bala de fusil: “Carlos Augusto González Posso”.


Victoriano Lorenzo
Popayán 4 de marzo de 2011.